Microcervecería de barrio en Sáenz Peña. El desarrollo de marca quedó en el logo; el trabajo largo empezó después: la gráfica de todas las latas que fueron sacando, año tras año, desde 2020.
En una cervecería de barrio, la lata es el único lugar donde la marca aparece completa.
En la heladera de un bar, la lata compite con veinte etiquetas más a la misma distancia y con la misma luz. Tiene que decir de quién es antes de decir qué estilo es, y sostener la información obligatoria —alcohol, IBU, ingredientes, contenido— sin que el frente se vuelva una ficha técnica.
La otra parte del problema es de escala: cada tanto sale una variedad nueva, a veces una edición limitada o una colaboración con otra cervecería. El sistema tenía que aguantar seis años de lanzamientos sin volverse repetitivo ni perder la familia.
Tipografía de palo seco con remates tallados, el lúpulo como ícono y dos líneas de servicio: la fundación arriba, «cerveza artesanal» abajo. Sobre la lata siempre va en blanco, y en el resto de las piezas funciona en negro o dorado sin retoques.
Misma estructura en todas: un animal vestido de traje al centro, el nombre de la variedad abajo y la ficha técnica en la cara lateral.
Lo que cambia de una lata a otra es el color, el paisaje y el personaje. Lo que no cambia nunca es dónde está cada cosa: logo arriba, retrato al medio, nombre grande abajo, y el lateral con alcohol, IBU, estilo e ingredientes en la misma jerarquía. Desplegada, la etiqueta es una sola escena continua que envuelve la lata.
Once latas diseñadas entre 2020 y 2026. Juntas se ven como una serie; separadas, cada una tiene su propio mundo.
Tres latas se hicieron con otras marcas: Shadow y Charipa con Cruda Crew, Potrera con Muss Bier. Ahí el frente lleva las dos firmas al mismo peso y el sistema cede lo justo —la tipografía del nombre cambia para que la lata se lea como un lanzamiento aparte y no como una variedad más.
Para redes, cada lanzamiento se fotografía dentro del mundo de su etiqueta. La pieza de comunicación no explica la cerveza: la pone en escena.
La prueba real está en el freezer de una cervecería o en la mesa de un bar, entre veinte etiquetas ajenas y con la luz que haya.
Un sistema se prueba con el lanzamiento número once, no con el primero.
El manual de marca acá fue corto y quedó en el logo. Lo que sostuvo la identidad durante seis años fue una decisión de envase: fijar la estructura y dejar libre el mundo de cada variedad. Cada cerveza nueva pudo ser distinta sin negociar nada, porque lo que la hace Thiafel no es el color: es dónde está cada cosa.